Diabetes Mellitus
La diabetes mellitus es una enfermedad crónica que afecta a millones de personas en todo el mundo, y aunque solemos asociarla con el "azúcar alta", en realidad es mucho más que eso. Comprenderla no solo desde lo médico, sino también desde lo humano, es el primer paso para acompañar mejor a quienes la viven.
¿Qué es la diabetes mellitus?
En condiciones normales, nuestro cuerpo utiliza la glucosa (el azúcar que obtenemos de los alimentos) como fuente principal de energía.
Para que la glucosa pueda ingresar a las células, necesita de una hormona llamada insulina, producida por el páncreas.
Cuando el cuerpo no produce suficiente insulina o no la utiliza correctamente, la glucosa se acumula en la sangre.
Con el tiempo, ese exceso puede dañar órganos vitales como el corazón, los riñones, los ojos y los nervios.
Tipos de diabetes
Existen varios tipos, pero los más frecuentes son:
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Diabetes tipo 1: el cuerpo no produce insulina. Suele diagnosticarse en la infancia o adolescencia y requiere insulina de por vida.
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Diabetes tipo 2: el cuerpo produce insulina, pero no la usa adecuadamente. Es la más común y está muy relacionada con el estilo de vida.
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Diabetes gestacional: aparece durante el embarazo y requiere controles especiales, ya que puede afectar tanto a la madre como al bebé.
Síntomas que pueden alertar
Algunos signos tempranos son:
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Sed excesiva y aumento en la cantidad de orina.
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Cansancio constante.
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Aumento o pérdida de peso sin causa aparente.
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Visión borrosa.
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Heridas que tardan en cicatrizar.
Hormigueos en manos o pies.
Infecciones frecuentes (urinarias, cutáneas o bucales).
Muchas veces, sobre todo en la diabetes tipo 2, los síntomas pueden pasar desapercibidos. Por eso los controles médicos y de laboratorio regulares son fundamentales, especialmente en personas con factores de riesgos.
Factores de riesgo
Algunos aspectos aumentan la probabilidad de desarrollar diabetes tipo 2:
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Antecedentes familiares.
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Sobrepeso u obesidad.
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Sedentarismo.
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Hipertensión o colesterol alto.
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Edad mayor de 45 años.
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Diabetes gestacional previa.
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Síndrome de ovario poliquístico.
Identificar estos factores permite intervenir a tiempo.
Complicaciones si no se controla
La diabetes mal controlada puede afectar:
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Corazón y vasos sanguíneos: mayor riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares.
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Riñones: daño progresivo que puede llevar a insuficiencia renal.
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Ojos: retinopatía, glaucoma, cataratas.
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Sistema nervioso: pérdida de sensibilidad, dolor, neuropatías.
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Piel y pies: úlceras, infecciones y riesgo de amputación.
La buena noticia es que muchas de estas complicaciones se pueden prevenir con controles y cuidados adecuados.
El rol del autocuidado
Vivir con diabetes implica aprender a integrar ciertos hábitos que marcan una gran diferencia en la salud diaria. La alimentación saludable —idealmente guiada por un nutricionista— se convierte en un pilar para mantener estables los valores de glucosa. La actividad física, incluso 30 minutos al día, ayuda al cuerpo a utilizar mejor la insulina y mejora el bienestar general.
El descanso adecuado también cumple un rol clave, ya que influye en el metabolismo y en el control glucémico. A esto se suma el monitoreo regular y la adherencia al tratamiento indicado, que permiten ajustar a tiempo y prevenir complicaciones.
Como enfermera, veo que cuando estos cuidados se comprenden y se vuelven parte de la rutina, la persona gana autonomía, seguridad y calidad de vida. Cada uno de estos pilares, aunque sencillo, es fundamental.
Acompañar desde lo humano
Detrás de cada diagnóstico hay una historia, un miedo, una adaptación. Escuchar sin juzgar, ofrecer herramientas claras y celebrar los pequeños logros cotidianos puede marcar una gran diferencia.
La diabetes no debe definirse solo por lo que limita, sino por todo lo que puede transformarse cuando hay conciencia, acompañamiento y amor propio.